Un lunes como el próximo lunes, el 16 de julio de 1212, tenía lugar en los llanos de La Losa, lo que se llamó la “gran batalla”, la batalla de Úbeda o al_Uqab. Fue el enfrentamiento en campo abierto del ejército almohade del califa al-Nasir y la coalición de reyes hispanos compuesta por Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra con resultado de derrota aplastante y huida de los musulmanes. Desde unos meses antes, el papa Inocencio III había accedido a conceder bula de Cruzada a quienes marcharan en esta campaña contra los musulmanes del sur. Así, acompañaban a estos reyes, señores portugueses y franceses, sobre todo de las regiones de Narbona, Nantes y Burdeos. La decisión del papado había supuesto un cambio de actitud con respecto a la línea que se había defendido durante el siglo XII. Entonces, los papas eran renuentes a conceder bulas, excepto para ir a luchar al oriente mediterráneo. No querían diversificar los esfuerzos. En el siglo XIII, el Pontificado se decanta por utilizar las cruzadas para desarrollar su política en el corazón de la Cristiandad igualmente. Esto explica, la cruzada contra los Albigenses en el sur de Francia, las cruzadas en la península Ibérica o el ataque a Bizancio por los cruzados en 1204.

Los almohades, llegados a la península medio siglo antes, no se habían ganado la simpatía de los andalusíes, debido a su interpretación rigorista de la letra del Corán, al contraste entre los patrones culturales que imperaban en al-Andalus y las prácticas de estas tribus bereberes y al hecho de que sus intereses políticos estaban en el norte de África. La sociedad andalusí era una sociedad mucho menos militarizada que la sociedad de los concejos del norte del Tajo. Era una sociedad de campesinos que pagaban impuestos al estado omeya, almorávide o almohade. A pesar, de las llamadas a la Yihad desde tiempos de Abderramán III y de la llegada de las olas de rigorismo bereber, la guerra era una actividad de mercenarios y profesionales. El ejército almohade era incapaz de defender kilómetros de frontera y de alquerías, frente a una sociedad cristiana en la que todas las milicias concejiles, órdenes militares y caballeros estaban armados y hacían la guerra por su cuenta. El descontento de las guarniciones hispano-musulmanas se hizo más agrio con el degollamiento por el califa almohade, de Ibn Cadis, el lider militar de Salvatierra que tuvo que rendir la fortaleza a las tropas cristianas unos meses antes de la batalla.

Entre los cristianos, llamaba la atención la ausencia de Alfonso IX, rey de León, aliado a los musulmanes y bajo la amenaza de excomunión por Inocencio III y la de Alfonso II rey de Portugal,   siempre celoso de que se invadiera su reino en su ausencia. La situación no era paradójica para nadie, excepto para Roma. En la península Ibérica, la religión no fue nunca hasta el siglo XIII, la divisoria de alianzas. El propio Alfonso VIII, que ahora blandía la bula de Cruzada en las manos del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, había tenido que esperar al final de su tregua de 10 años con los musulmanes para decidirse a atacar. Un hecho destacable es el contraste cultural entre los ultramontanos y los locales ante la existencia de otras religiones. La estancia en Toledo fue muy tensa. Los cruzados atacaban y creaban todo tipo de conflictos con los musulmanes y los judíos de la ciudad, hasta el punto de que hubo que asentarlos y sacarlos extramuros. Ante la toma de Malagón, Salvatierra y Calatrava, las disensiones sobre si podían matar y expoliar a los vencidos fueron de tal magnitud que casi unos 3000 efectivos extranjeros abandonaron la cruzada en esta última población.

Formaciones feudales e imperiales son muy significativas en la composición y estructura de sus ejércitos. El ejército cristiano era un conglomerado de tropas entre las que destacaban las milicias concejiles, las órdenes militares y los fieles de la casa de Haro y de Lara, por cierto, enemigos acérrimos por el poder de la corte regia castellana. El ejército califal era un ejército mayoritariamente de mercenarios de todas las tierras conquistadas. En primera fila estaban los infantería ligera magrebí del alto Atlas, seguida de de la andalusí; en los flancos la caballería pesada armados con lanza y espada, detrás los arqueros turcos a caballo (agzaz), por último la guardia negra o imesebelen, subsaharianos esclavos que protegían la tienda del califa, encadenados al suelo.

Progresivamente, la historiografía va concluyendo que la batalla no decidió el final de la Reconquista, el declive almohade y abrió todas las grandes ciudades del sur al poder cristiano. Cada vez, estos aspectos se conciben de manera más compleja como fruto de cambios estructurales y procesos de largo recorrido que se tienen que explicar, como mínimo, atendiendo a la evolución de toda la Baja Edad Media.

El octavo centenario de Las Navas está recibiendo cierta atención. Nada comparable con la conmemoración de la Constitución de Cádiz de 1812, pero consigue aquilatar sus varios congresos, libros y celebraciones. Podemos preguntarnos por qué su importancia no es tanta, por qué la gente no conoce esta efemérides, si los historiadores fracasan en su labor de divulgación, pero esta vez más parece que nos toca alegrarnos de que los tiempos cambian y con ellos los puntos de interés de la memoria colectiva. La batalla de Las Navas de Tolosa fue, como todas las batallas, una matanza, un fracaso a la inteligencia humana y a su capacidad para conciliar la convivencia en un espacio, un ejercicio de violencia, de poder y de ambición, una ocasión más para olvidar que para recordar. Parece que determinados hitos que pertenecen más a la retórica de la Historia político-militar del siglo XIX y que han sido apropiados de manera unilateral por los estados y sus discursos de glorias nacionales y valores patrios pierden valor entre los pueblos; unos pueblos que notan que la victoria o la derrota de sus estados no predica nada sobre su bienestar, calidad de vida, niveles culturales, de creatividad y de felicidad.

Efectivamente, nos encontramos a 800 años de distancia de la batalla de Las Navas de Tolosa.

Laura Lara Martínez

Doctora en Filosofía. Profesora de Historia Contemporánea.
Udima, Universidad a Distancia de Madrid