Comienzo pidiendo perdón al admirado Mario Vargas Llosa por ser tan osado en el título. A muchos les sonará parecido al de la que muchos consideran su obra maestra, aunque sería mejor decir: la mejor de sus muchas obras maestras. Perdón, señor.

El maldito bicho nos ha cambiado la vida a todos, y más que lo hará. Entramos en un túnel, en el que seguimos, en una ladera brumosa, y saldremos, de eso no tengo duda, por el otro lado de la ladera, con un sol radiante que nos ayudará a disipar la niebla. De momento, el túnel es oscuro, pero a lo lejos me parece ver algo de luz.

Ayer leí un magnífico artículo en el diario EL PAIS titulado “La emergencia viral y el mundo de mañana”. Byung-Chul Han, filósofo surcoreano afincado en Berlín, expone algunas ideas muy interesantes. Mi principal reflexión tras su lectura es que la Tierra está girando hacia el este. La vieja Europa está quedando retratada en esta crisis. Los nacionalismos, que encontraron un caldo de cultivo en la gran crisis vivida en la década pasada, vuelven a encontrar más munición en la nueva década. El cierre de fronteras y la gestión de la crisis han demostrado, una vez más, la falta de unidad, con gran regocijo por parte de algunas potencias mundiales y de los nacionalismos que nos acechan. Me temo que los próximos años nada tendrán que ver con “los felices veinte” del siglo pasado.

Los países asiáticos están resolviendo la crisis mucho mejor que los europeos. Se ha dicho repetidamente que China, con un régimen autoritario, que no comunista salvo en el nombre del partido gobernante, puede tomar medidas drásticas que casi nadie osa discutir. Con su enorme tamaño y población puede volcar recursos de unas provincias a otras de forma inmediata para solucionar problemas. Es cierto. Pero otros países con regímenes menos autoritarios están solucionando la crisis del coronavirus con grandes dosis de tecnología e imaginación. Byung-Chul Han llega a decir en su artículo de ayer que “los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes”. Casi nada.

En Europa, y en general en lo que conocemos como mundo occidental, las medidas han ido en otra dirección y, de momento, parece que las cosas están funcionando peor. El precio que pagaremos va a ser mucho más alto; lo está siendo ya si nos fijamos en el número de fallecidos, que cada día va creciendo de forma alarmante. Con tanta y tanta información acaba uno el día sin saber bien cuál es el número de infectados, de muertos o de hospitalizados.

No me gusta lo que está pasando en Europa en general. Ha sido la cuna de muchas civilizaciones desde Grecia a la democracia tal y como la concebimos hoy pasando por la Revolución francesa. Otros muchos hitos históricos han surgido aquí. Los valores de nuestra cultura son muy válidos hoy y espero que en el futuro. Ante la crisis, más Europa y menos nacionalismo me parece una receta bastante más acertada que la contraria.

Supongo que por deformación profesional, y dado que los aspectos sanitarios me desbordan y carezco de conocimientos para opinar sobre las medidas que se toman por parte de las autoridades, desde el primer día de esta crisis me he fijado más en los números, escala real, logarítmica, curva de tal tipo o de tal otro……

Bien es conocido que de fútbol sabemos y opinamos todos. El entrenador se equivoca continuamente. El profesional que lleva toda la temporada al frente del equipo no sabe nada de nada, su alineación es un desastre, ¿por qué juega fulano? ¿cómo sientas a mengano? En resumen, todos sabemos más que el entrenador, y el entrenador que todos los aficionados llevamos dentro lo haría mejor que él. Eso mismo, me da la impresión, está pasando con la gestión del coronavirus. Ahora todos somos expertos en gestionar epidemias, en saber que lo que han hecho los expertos, no digamos los políticos sobre todo si no son de mi cuerda, está mal. Que si hubieran hecho lo que yo digo esto ya estaría arreglado. El experto cuñado que todo lo sabe, figura típica de nuestra época. Sabe tanto de física nuclear como de la prensa del corazón o las energías renovables y de todo está enterado.

Volviendo a los números he optado por no hacerles demasiado caso. No se pueden comparar cifras que no sabemos cómo se han calculado y, si lo sabemos, vemos que los criterios difieren de unos países a otros. Con los mismos hechos y datos se puede llegar a conclusiones muy diferentes, como si de contabilidad creativa se tratara.

En primer lugar, el número de infectados. No sé cómo se puede saber que el número es fiable si gran parte de los mismos son personas que no han sido vistas por un médico ni se les ha hecho un test. En gran parte están confinados en sus casas, unos con síntomas de la enfermedad, otros sin ellos, y algunos asintomáticos estarán trabajando para que el país no se pare y podamos tener pan, luz, Internet, vigilancia, y un montón de cosas más.

El número de hospitalizados debería ser más fiable. Los hospitales son los que son, con un gran esfuerzo para acondicionar nuevos hospitales o algo lo más parecido a un hospital, y no parece tan complejo conocer este dato.

Y luego viene lo más grave, el número de muertos “por coronavirus”. Clasificados por días, edades, sexo, regiones, países y no sé cuántas categorías más. Lo primero que no me gusta es decir muertos “por”, y tal vez sería mejor decir muertos “con” coronavirus. Es habitual en las noticias que nos invaden leer, en los primeros días en que la pandemia afecta a una zona concreta, datos del primer fallecido allí. Cuando el número de muertos va creciendo, algo que está ocurriendo en casi todos los países de Europa o América, pasan a ser solo parte de una estadística.

Pero cuando fallece alguien famoso como mi admirado Kenny Rogers, aunque no sé ni me importa si tenía o no el bicho, o cualquier otro personaje, volvemos a leer los detalles: 87 años, con patologías varias, hipertensión, cardiopatía, obstrucción de esto o de aquello… Además, tenía coronavirus, pero ¿murió por o con coronavirus? Es posible que el bicho haya sido la última gota de un vaso que estaba ya muy lleno. Esto me recuerda a un buen amigo que cuando éramos jóvenes, y él estaba de resaca, siempre decía que la última copa le había sentado fatal, que probablemente “era garrafón”. Todas las anteriores, no diré cuántas, le habían sentado estupendamente.

¿Se cuentan las víctimas con el mismo criterio en todos los países? Se ha cuestionado mucho el caso de Alemania en este tema, por ejemplo. Los porcentajes de mortalidad ¿son fiables y comparables? Me temo que si tanto el numerador (número de fallecidos) como el denominador (número de infectados) no son homogéneos entre distintas zonas o países, el resultado difícilmente puede serlo. Tal vez algo más fiable sería el porcentaje de fallecidos entre la población total, aunque insisto en que no todo el mundo cuenta igual las víctimas mortales.

Y llegamos a la segunda parte del titular, los perros. Es probable que sea la que menos le guste a algún lector, pero es sólo mi opinión. Nunca he sido políticamente correcto y no lo voy a ser ahora, cercano a la jubilación.

Es obvio que el número de personas que tienen una mascota es cada vez mayor, al menos en una gran ciudad como la mía. Me parece que las mascotas, perros principalmente, cumplen un papel importantísimo para muchas personas, especialmente aquellas que viven solas. Que son una ayuda para muchas de ellas me consta. Lo vivo con personas muy allegadas desde hace algún tiempo.

Ahora bien, el que tenga tienda que la atienda, y el que tenga perro, pues también. No he tenido nunca perro y, aunque es difícil hacer afirmaciones categóricas, creo que nunca lo tendré. No es que no me gusten, pero vivo en un piso y creo que tener un perro en estas condiciones no es nada cómodo.

Hay canes que salen a hacer sus necesidades un rato a las siete de la mañana para luego pasar el día esperando a que regresen a sacarlo a las seis de la tarde otra vez. Pobre animal. Y luego encerrado en un piso. Es para pensarlo bien, pero en algunos casos y para determinadas razas de perros, esto roza si no lo sobrepasa, el maltrato animal.

Delante de mi casa hay un jardín donde desde hace mucho tiempo los propietarios de perros sueltan sus mascotas a jugar. Hacen sus necesidades, unos recogen sus cacas, otros no, y así llevamos mucho tiempo. Hay un parque cercano con una zona acotada para perros, pero se ve que el césped les parece más adecuado para que sus mascotas disfruten. Como ahora el parque se ha cerrado, el número de perros, sueltos la mayoría de las veces, ha crecido de forma considerable.

Está confirmado, según todas las informaciones que nos llegan, que hasta ahora los perros al igual que otros animales no sufren las consecuencias del coronavirus, pero yo no estoy seguro de si pueden esparcir o no el virus. Parece ser que el bicho puede permanecer activo horas o días. Si alguien tose y el perro pisa el virus, ¿quién me garantiza que no se lo lleva en las almohadillas de su patas o en su pelo, y lo propaga después? No creo que nadie esté a día de hoy en condiciones de hacerlo.

En cuanto al derecho de los perros a salir a pasear en estos momentos, me vuelve a suscitar dudas. En algún sitio he leído o escuchado que en Wuhan se prohibió salir con perros a la calle. Y la situación allí está mejorando. No tengo claro si la noticia es real o fake, si ha contribuido o no a mejorar la situación, pero se ha publicado.

Nuestras autoridades han decidido que los perros puedan salir a hacer sus necesidades a la calle, y que sus amos las recojan, por supuesto, esto no es nuevo. Hay que aceptarlo, y punto.

Ahora bien, que los dueños de perros, mascotas en general, puedan sacarlos a hacer sus cacas no significa que puedan salir a pasear libremente el tiempo que les parezca, y mucho menos soltar los perros en un jardín. He tenido varias discusiones con personas que tenían su perro suelto en el mío (¡ya me gustaría que lo fuera!). Casi siempre su reacción es la misma: “tengo derecho”, “mi perro tiene que correr…”, “la calle y el jardín son míos”, llegó a decirme una persona, no su mascota. Sin duda una de las conversaciones más surrealistas la tuve esta semana cuando le dije a un individuo que no debía soltar al perro nunca, y menos ahora. Me contestó la consabida frase “Tengo derecho a hacerlo, y te digo una cosa, soy de los pocos que recogen las cacas. Y además los perros no contagian la enfermedad” “¿Estás seguro de eso? le repliqué” “Completamente seguro”.

 

El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas.

– Bertrand Russell –