El violinista en el colmado

Llevo toda mi vida respondiendo de modo recurrente a la misma pregunta:

– ¿Cómo te llamas?

– Sotero¿Y de nombre?

– SO TE RO, lo digo despacio para evitar dudas.

– No lo había escuchado nunca. ¿De dónde viene ese nombre? ¿Es un nombre gallego?

Esta y otras conversaciones parecidas me persiguen desde que tengo uso de razón. En las listas de aprobados, en los hoteles, en los billetes de avión, en todas partes he tenido uno y mil problemas con mi nombre. Para acabar de completar el lío mi apellido es también el nombre de algunas personas, con mucha más frecuencia que el mío. Muchas veces me habrán tildado de medio lelo.  “Este tío no sabe ni poner su nombre y apellidos en su sitio”, y lindezas semejantes, he llegado a escuchar o intuir alguna vez.

Mi abuelo paterno fue una persona con una vida muy intensa. Huérfano desde muy temprana edad, no tuvo ocasión de ir al colegio demasiados años. Siendo muy pequeño entró a trabajar en una tienda de ultramarinos como chico para los recados. Llegó a dormir en la trastienda entre los sacos de coloniales en bastantes ocasiones.

Con el tiempo se convirtió en dependiente, y al fallecer el propietario de la tienda, ya era el dependiente más antiguo. Doña Minia, viuda del anterior tendero le traspasó el negocio a mi abuelo, dándole todo tipo de facilidades para que le pagara el correspondiente traspaso. La amistad entre ambos y sus familias duró ya toda la vida.

Todo esto ocurrió en 1923, por lo que en pocos años la tienda con el nombre de mi abuelo cumplirá cien años, a los que se podrían sumar algunos más con el anterior propietario. Cuatro generaciones ya como Casa Amador. Empresa familiar y cuatro generaciones no es muy habitual. Estoy deseando que llegue el centenario para celebrarlo como merece este hito.

Mi abuelo Amador como le conocía todo el mundo, ya que a él no le gustaba usar su nombre de pila, que no diré, era una persona con grandes inquietudes. Sin haber tenido la oportunidad de recibir una formación académica, tenía una caligrafía y una ortografía que ya quisieran muchos universitarios de hoy en día. Le gustaban la literatura y especialmente la música. En su casa había un cuarto de música donde en sus escasos ratos libres mi abuelo llegó a tocar el violín. Cultivaba la amistad de intelectuales y músicos de la época. En muchas ocasiones, siendo ya un pequeño empresario, ayudó a algunos a sobrellevar las penurias económicas de aquella España pobre de antes y después de la Guerra Civil.

Uno de sus amigos fue un gran violinista que había llegado de Madrid tras haber alcanzado el Premio Sarasate en 1920 y ser concertino en la Sinfónica. Persona bohemia y de costumbres poco convencionales, nadie entendió que se instalara en nuestra ciudad, pequeña, industrial, militar y alejada de los ambientes musicales donde este hombre pudiera ganarse la vida decentemente. Aquí sobrevivía como podía, o lo que es lo mismo, malvivía la mayor parte del tiempo.

Entablaron una gran amistad y compartieron música y complicidades. Hasta tal punto que cuando nació uno de sus muchos hijos, mi abuelo propuso a su amigo violinista que fuera el padrino. Así fue, mi padre tuvo un padrino violinista. Casi no lo conoció porque siendo muy joven desapareció de la ciudad y nunca más volvió a verlo.

Con el tiempo un hermano de mi padre, bastante más joven que él, también se convirtió en músico profesional. Tras pasar por el conservatorio y estudiar el intrincado mundo de ese instrumento tan complejo que es el violín, se dedicó hasta su jubilación a vivir de la música tocando en diversas orquestas hasta que recaló en Holanda donde sigue.

En unos “bolos” que estaba tocando en Huesca hace ya muchos años una casualidad hizo que coincidiera con un hermano del violinista amigo de mi abuelo. Este hombre, médico de profesión y violonchelista aficionado, conocía las andanzas de su hermano por Galicia y era sabedor de la gran amistad con mi abuelo. Inmediatamente trabó una amistad sincera con mi tío, al que unos años después regaló el violín del su hermano, fallecido muchos años antes.

El amigo de mi abuelo se llamaba Sotero Barrón, y mi abuelo Amador, en su honor, tuvo la valentía de ponerle Sotero a su hijo, mi padre. Lo mismo hizo mi padre años después con su hijo mayor, que es quien esto escribe. Esa es la respuesta extensa a la pregunta que tantas veces me han hecho y que seguro me seguirán haciendo. Yo no tuve el valor de ponerle mi nombre a ninguno de mis hijos, y cada vez que sale el tema, me lo agradecen de forma plausible.

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