El recreo de la clase

Dice el calendario que la primavera está llegando. Sin embargo, por primera vez, no nos preocupa demasiado si marzo mayea o si abril traerá aguas mil; ocupados como estamos en la pesada tarea de adaptarnos a este confinamiento, con la esperanza de que el virus no llame a nuestra puerta y pase de largo.

Añoramos pasear, pero tenemos que conformarnos con mirar el mundo a través de la porción rectangular de cielo que se ve desde nuestras ventanas. Atestamos la nevera, calculamos las raciones como Matt Damon en Marte, huimos de la báscula, limpiamos con ahínco pomos y picaportes y ponemos lavadoras en turnos de mañana, tarde y noche. Cambian nuestros hábitos, le hablamos al ordenador, acudimos al whatsapp buscando apoyo y el termómetro desplaza al satisfyer en la lista de artilugios más vendidos.

Resulta curioso cómo, en muy poco tiempo, cosas que aparentaban ser importantes han dejado de serlo. No hace aún tres semanas, los telediarios consumían minutos y minutos dedicados al tiempo y a los deportes. Ahora, ambas informaciones nos resultan irrelevantes, y nos damos cuenta de la barbaridad que supone que un futbolista gane dos mil veces más que un sanitario. Así, hemos conocido que los astros del deporte rey han cambiado drásticamente sus rutinas, pasando de correr en el estadio dando patadas a un balón, a permanecer sin hacer nada en sus casas (llegados a este punto, hay que admitir que Gareth Bale apenas ha notado la diferencia).

Estos días son más duros, pues casi todos hemos puesto ya nombre y rostro a alguno de los números de las noticias, que acarrean sin cesar paladas de muertos y contagiados. Ayer supe que el padre de dos amigas muy queridas ha fallecido en Madrid, en soledad y sin más atención que la de un enfermero, pues ni siquiera había disponible un médico en la residencia en la que vivía.

Aún así, veo alrededor de mí ejemplos esperanzadores de que, a pesar de que no somos más que un grupo de simios arrogantes por tener la cabeza algo más grande y andar a dos patas en vez de a cuatro, aún tenemos solución: observo cómo disminuye la contaminación de esta ciudad irrespirable que es Madrid, agradezco hasta el infinito que nuestros políticos bajen algo los decibelios en sus comunicaciones, y no paro de recibir en mi móvil abrazos y cariño.

En el bloque de al lado, un disc-jockey nos obsequia diariamente desde su terraza con los grandes éxitos de Manolo Escobar y del Dúo Dinámico; mi farmacéutica se ofreció a traerme a casa un medicamento para que no tuviera que ir a la farmacia, aun estando sano; y mis vecinos han puesto en el ascensor una lista con sus teléfonos por si alguien no puede salir a hacer la compra.

Me gano la vida como profesor. Creo que es un buen trabajo. Doy mis clases de siete a diez a alumnos que llegan al aula cansados, todavía con el estrés de la jornada laboral pisándoles los talones. Aguantan como campeones el rollo que les meto, anhelando secretamente el sofá de su casa o la caña con sus amigos. En medio, hacemos una parada en la que ellos van a beber agua, comentan en el pasillo anécdotas de su jornada o se fuman un cigarro.

En estos días, la clase online ha reemplazado al pupitre y a la pizarra, y nos saludamos por el ordenador en vez de hacerlo en persona, mientras alguno pide permiso para atender a un niño. Mantenemos el horario y el descanso, si bien hemos cambiado algo los hábitos en nuestro recreo. En vez de parar a las ocho y media, lo hacemos a las ocho, pues tenemos la cita más emocionante de todo el día: desconectamos por un momento la cámara y el micrófono, abrimos la ventana y salimos a aplaudir a nuestros héroes.

Para que les llegue nuestra fuerza, nuestro cariño y nuestro apoyo. Para que sepan que no están solos, que los admiramos, los queremos y los necesitamos.

Para que no desfallezcan.

Les aplaudimos desde las casas, desde las aulas, desde las terrazas, desde las azoteas.

Les damos un aplauso largo y cálido, muy fuerte, para que les llegue hasta las UCIs, hasta las salas de triaje, hasta las camillas, hasta las ambulancias, hasta las habitaciones del hospital.

Para vosotros, gigantes, desde nuestro corazón.

Os dedicamos el recreo de la clase.

Publicaciones Similares

  • Mejora la situación económica

    España ha logrado recuperar, tras nueve años de crisis, el nivel del PIB real previo al estallido de la Gran Recesión. La novedad consiste en que no ha sido la construcción el motor que impulsado la recuperación, sino las exportaciones que han aumentado su aportación, frente a la disminución de la construcción. http://juanjosepintado.blogspot.com.es/ Juan José…

  • La máquina de hacer churros

    Esta mañana he metido la pata. Ayer recibí un vídeo en el que se recomendaba escuchar música para empezar bien el día, así que he ido a coger el CD del La la lá pero me he equivocado y he puesto el Réquiem de Mozart. Craso error. No lo pasaba tan mal desde una vez…

  • Universidad como motor del crecimiento económico

    En los últimos años, y tras el proceso de modernización acometido en las universidades europeas motivado por la Declaración de Bolonia en 1999, se pretende que la universidad ostente un papel como motor del crecimiento económico, encontrándose al servicio de la sociedad. Así, se habla de una universidad de garantía en el cumplimiento de sus…

  • Bitcoin, valor y precio

    Por José Ramón N. C.  -alumno del Grado en ADE de la UDIMA– Trendig Topic mundial y tema de moda en foros y tertulias de un tiempo a esta parte, pero ¿qué aporta el protocolo bitcoin a la economía mundial? ¿qué ofrece el bitcoin a un particular que busque una alternativa a los activos tradicionales para invertir sus…

  • LOS RIESGOS EXISTENTES SEGÚN DAVOS

    Lamentamos sinceramente decirles que han vivido por encima de sus posibilidades y van a pasar años de penalidades. Lamentamos sinceramente reconocer que la banca es una de las grandes culpables de esta crisis, pero es intocable porque sin ella todo esto se viene abajo. Lamentamos sinceramente comunicarles que todos los problemas globales se resumen en…