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¿Qué expresan las expresiones faciales?

Imagen de Gino Crescoli en Pixabay.

Hay creencias para las que existe un grado de consenso muy alto en nuestra cultura; tanto, que terminan por parecernos lo bastante obvias como para no merecer una segunda reflexión. Una de ellas es que el comportamiento facial es una suerte de lenguaje específicamente diseñado para transmitir significados emocionales. Expresiones populares como “la cara es el espejo del alma” transmiten precisamente esta idea. Tan fuerte sería el vínculo entre emoción y comportamiento facial que incluso puede “delatarnos” cuando intentamos ocultar lo que estamos sintiendo en una conversación.

Esta noción popular tiene un reflejo bastante fiel dentro de la psicología académica en la teoría de las emociones básicas o BET, por sus siglas en inglés. De acuerdo con esta teoría, experimentar una emoción dispararía un programa afectivo automático que incluiría, entre sus componentes más relevantes, contracciones de la musculatura facial que darían lugar a una expresión distintiva de la emoción experimentada (Ekman, 2017; Keltner, Tracy, Sauter, Cordaro y McNeil, 2016). Además, los seres humanos estaríamos preparados evolutivamente para reconocer esas configuraciones faciales en términos emocionales cuando las vemos en otros individuos.

En este sentido, los investigadores que apoyan la BET defienden que existen expresiones faciales con un referente emocional unívoco (una sonrisa Duchenne tendría asociado el significado “estoy alegre”), de manera similar a lo que ocurre con las palabras del lenguaje verbal humano empleadas para describir este tipo de experiencias.

Ahora bien: ¿existe consenso entre los investigadores sobre la función del comportamiento facial? Si bien existe unanimidad sobre su relevancia como herramienta comunicativa, la BET no cuenta con un respaldo unánime y de hecho se han propuesto alternativas. Una de las más relevantes es la ecología conductual. Para los investigadores que trabajan desde esta segunda perspectiva, el comportamiento facial no tendría la función de comunicar estados afectivos, sino que serviría como una herramienta de negociación e influencia social (Crivelli y Fridlund, 2018; Fridlund, 1994). Además, una misma configuración facial podría ser interpretada de formas variadas según el contexto en el que aparece. Que sea frecuente experimentar emociones en contextos de interacción no supondría que detrás de cada expresión facial haya necesariamente una emoción.

Se trata de una perspectiva más flexible a la hora de explicar situaciones que podrían ser paradójicas para nuestro sentido común, pero que de hecho ocurren con frecuencia. Por ejemplo, cuando sonreímos después de que hayan descubierto que hemos mentido o al confesar a un amigo que hemos invitado a esa persona que ambos sabemos que no le cae demasiado bien. En estos contextos es poco probable que la sonrisa transmita un mensaje emocional (“estoy alegre de haber invitado a alguien que no te gusta”) sino intencional y coherente con el contexto en el que se aparece (“no te enfades”, “no tenía intención de hacer ningún daño”).

Entendidos de esta manera, la sonrisa en particular y el comportamiento facial en general no funcionarían como un lenguaje paralelo e incluso incongruente con el verbal, sino que lo complementarían y enriquecerían con motivaciones e intenciones interpretables de acuerdo al contexto en el que aparecen y la naturaleza de la relación entre los interlocutores.

Los medios de comunicación en ocasiones ofrecen visiones excesivamente uniformes y coherentes sobre los resultados de la investigación. La serie Lie to me o la película de animación Del revés son ejemplos de ello dentro del campo de la comunicación y la emoción. Sin embargo, el debate alrededor de esta cuestión es complejo y todavía no ha dado lugar a consensos amplios a muchos niveles; no solo sobre la función comunicativa del comportamiento facial sino sobre cuestiones tan fascinantes como su origen evolutivo. Ambas, cuestiones que podrían inspirar varias entradas más.

Eficacia de un programa de entrenamiento en regulación emocional

El trabajo de los funcionarios de prisiones es posiblemente uno de los más demandantes y, como es fácil imaginar, es también uno de los más arriesgados en determinadas situaciones. No obstante, algunos de los riesgos a los que están expuestos estos trabajadores suelen pasar desapercibidos y no han recibido por tanto, hasta fechas recientes, la atención que merecen. Estos son los riesgos de naturaleza psicosocial, que derivan fundamentalmente de las relaciones humanas en el trabajo y de las emociones que llevan asociadas. Desde este punto de vista, es fácilmente esperable que los funcionarios de prisiones estén sometidos a lo largo de su actividad a un sinfín de interacciones altamente complejas con los internos y con los propios compañeros de trabajo, y que su grado de exposición a emociones -propias y de otros- como el miedo, la ira, la frustración o el desánimo es considerablemente elevado en el día a día.

El adecuado manejo de estas emociones se vuelve, por tanto, una tarea añadida a las demás tareas que ya de por sí requiere el puesto de trabajo, lo que constituye una fuente de sobrecarga adicional. En los casos en los que el trabajador no sabe o no logra solventar este “trabajo emocional” requerido por su actividad las consecuencias para su bienestar y su salud pueden ser serias. Por ejemplo, entre otros riesgos psicosociales, se ha descrito el síndrome de burnout o “estar quemado”, caracterizado por el agotamiento emocional, la progresiva “despersonalización” de las relaciones humanas y la falta de realización en el trabajo.

Un programa pionero de intervención ha tratado de abordar esta problemática en el contexto de las cárceles uruguayas. La intervención, que ha sido coordinada por el Dr. David Martínez Iñigo, de la Universidad Rey Juan Carlos, y financiada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), tenía como objetivo la reducción del agotamiento emocional entre los operarios de prisiones y la mejora del bienestar laboral de este colectivo de trabajadores. 

Un grupo de funcionarios de prisiones (n=21) con contacto directo habitual con los reclusos participó en esta experiencia de 10 semanas de duración en la que, mediante sesiones presenciales de hora y media de duración y ejercicios de práctica espaciada guiada, fueron adquiriendo una serie de herramientas para el manejo de sus emociones potencialmente negativas y las de los demás. Concretamente, el programa de intervención se enfocaba en el uso adecuado de las estrategias controladas de regulación interpersonal del afecto (ECRI), a través de las cuales se trata de mejorar o empeorar el estado emocional de alguien. Las técnicas y ejercicios empleados, basados en los principios del enfoque cognitivo-conductual, fueron específicamente diseñadas por el equipo de investigación para su aplicación en el contexto penitenciario.

Los resultados, que han sido publicados recientemente en la revista Universitas Psychologica, fueron muy satisfactorios.  Los funcionarios que pasaron por la formación mejoraron en indicadores de bienestar psicológico, disminuyeron de forma estadísticamente significativa sus niveles de depresión y el nivel de agotamiento emocional, y mejoraron su valoración del nivel general de bienestar, en comparación con otro grupo de compañeros (n=18) que no participaron en el entrenamiento. Además, se produjeron cambios en la forma en que los operarios manejan su relación con el recluso. Aunque no se encontraron diferencias entre el grupo experimental y control en lo que respecta al uso de ECRI de mejora del afecto, sí disminuyó el uso de estrategias de empeoramiento del afecto entre aquellos operarios que pasaron por el entrenamiento. Se encontró además una relación inversa entre el cambio en las ECRI de empeoramiento del afecto y los cambios en el bienestar, de forma que cuanto más se disminuía el uso de estas estrategias, mayores ganancias en bienestar se producían. En conclusión, tal y como señaló el responsable del proyecto en una presentación preliminar de resultados en Montevideo (Uruguay), “si se cuida al funcionario, se cuida al recluso y a la inversa”.

Referencia
Martínez-Íñigo, D., & Crego, A. (2017). Evaluación de una intervención para la mejora de las competencias de regulación interpersonal del afecto y el bienestar laboral en una muestra de operadores penitenciarios del Uruguay. Universitas Psychologica16(3).

Accede al artículo en:  http://www.redalyc.org/pdf/647/64753516017.pdf

Antonio Crego

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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¿Tienes miedo a ir al dentista? Explora tus pensamientos sobre ello…y los de tu familia.

DentalClinicEl miedo y la ansiedad ante los tratamientos dentales están ampliamente extendidos en la población tanto infantil como adulta, con importantes consecuencias no sólo para el bienestar emocional del individuo sino también para su salud oral (1).

De hecho, algunos autores hablan de un “círculo vicioso” que conecta miedo dental y problemas de salud oral, que acabarían retroalimentándose (2,3). El miedo a los tratamientos dentales conlleva en muchos casos una respuesta de evitación de la asistencia a consultas, lo que se traduce en conductas como la cancelación de citas, o como ocurre en el caso de algunos niños, de comportamientos inadecuados en consulta que harían inviable la administración de los tratamientos. Como resultado, los problemas dentales -que inicialmente podían ser de gravedad leve o moderada- evolucionan hasta convertirse en patologías severas. Obviamente, esta evolución conlleva síntomas más apatosos, y la experiencia de un mayor grado de dolor dental, lo que hace que finalmente el tratamiento y la asistencia a la consulta dental sean inevitables. En estas condiciones, las probabilidades de verse uno expuesto a una intervención más compleja se incrementan, confirmándose la expectativa inicial del “paciente temeroso” sobre los tratamientos dentales, que -anticipa- pueden resultar en algún sentido “peligrosos”.

CirculoVicioso

La investigación sobre los aspectos psicosociales implicados en el miedo dental desempeña un papel clave en la prevención y el tratamiento de esta problemática. En este sentido, una serie de estudios ha analizado la influencia de diferentes factores, como la afectividad negativa, las experiencias previas de tratamiento, el papel de los familiares, o los pensamientos que uno tiene sobre las visitas dentales, en la presencia de miedo dental en niños y jóvenes adultos (4-8).

Los resultados indican que los factores de tipo cognitivo se encuentran fuertemente asociados con los niveles de  ansiedad ante los tratamientos dentales, siendo incluso mejores predictores de la respuesta de miedo en comparación con otros elementos, como la historia de experiencias dentales negativas previas (4,5). En jóvenes adultos, los modelos estadísticos que incluyen variables cognitivas logran explicar entre 15% y un 35% adicional de la variación en las puntuaciones de miedo dental, en comparación con otros modelos en los que estas variables no están presentes (5); mientras que en el caso de los niños, se ha encontrado que las percepciones de peligrosidad, desagradabilidad, incontrolabilidad e incertidumbre asociadas a las visitas dentales explica entre un 14% y un 21% adicional de las puntuaciones de miedo, más allá de otras variables (4).

En linea con la aproximación cognitiva al estrés y la ansiedad, parece que las experiencias objetivas con los tratamientos no serían las responsables de la presencia o ausencia de miedo dental, sino que la pieza clave en este proceso serían las interpretaciones que hacemos de tales experiencias (5). Hay personas que -sin haber tenido nunca una experiencia aversiva en el dentista- desarrollan miedo a los tratamientos; mientras que otras aun habiendo padecido dolor o sensaciones desagradables en el sillón dental, no presentan miedo ante la anticipación de futuras visitas. Muy probablemente, lo que diferencia a unos y a otros son sus pensamientos sobre lo que ocurre en la consulta dental. De modo que una experiencia dental aversiva quizá sólo cambie nuestro nivel de miedo en la medida en que también cambie nuestros pensamientos sobre lo que puede ocurrir cuando uno va al dentista.

Otros factores a tener en cuenta son de naturaleza más interpersonal (4, 8). Por ejemplo, la investigación reciente apunta a que el miedo dental es “contagioso” entre los miembros de la familia. Padres, madres e hijos presentan puntuaciones de ansiedad dental correlacionadas. Pero, aún más, parece que no sólo sus emociones respecto a la asistencia dental son similares, sino que también lo son sus pensamientos sobre los tratamientos odontológicos (4). Los padres que piensan que ir al dentista puede ser peligroso, desagradable, que entraña situaciones de incontrolabilidad, o que creen que lo que ocurre en consulta puede ser incierto, tienen hijos con similares creencias sobre las visitas odontológicas. En concreto, se ha encontrado que los pensamientos ansiógenos de los padres podrían explicar entre el 12% y el 16% de la variabilidad observada en los pensamientos ansiógenos de sus hijos.

A partir de estos datos, se pueden extraer aplicaciones prácticas para la prevención y tratamiento de problemas de ansiedad dental, como por ejemplo, la necesidad de intervenir psicológicamente sobre los pensamientos relacionados con la asistencia dental, o la conveniencia de regular los pensamientos y emociones de los padres para reducir el miedo dental en los niños. Así mismo, estos resultados sirven para enfatizar la importancia de una colaboración interdisciplinar entre profesionales de la odontología y de la psicología de la salud.

Twitter del autor: @psynthesisblog

Referencias

1. Carrillo-Díaz M, Crego A, Romero M. El miedo dental en la infancia y adolescencia. Implicaciones para la salud oral. Raleigh, NC: Lulu Press Inc.; 2012. ISBN 978-1-291-23918-8. Vista previa.

2. Armfield JM, Stewart JF, Spencer AJ. The vicious cycle of dental fear: exploring the interplay between oral health, service utilization and dental fear. BMC Oral health, 2007; 7(1), 1.

3. Armfield JM. What goes around comes around: revisiting the hypothesized vicious cycle of dental fear and avoidance. Community dentistry and oral epidemiology, 2013; 41(3), 279-287.

4. Crego A, Carrillo-Díaz M, Armfield JM, Romero M. Applying the Cognitive Vulnerability Model to the Analysis of Cognitive and Family Influences on Children’s Dental Fear. European Journal of Oral Sciences; 2013; 121 (3pt 1), 194-203.

5. Carrillo-Díaz M, Crego A, Armfield JM, Romero M. Assessing the relative efficacy of cognitive and non-cognitive factors as predictors of dental anxiety. European Journal of Oral Sciences 2012; 120: 82-88. Texto completo.

6. Carrillo-Díaz M, Crego A, Armfield JM, Romero M. Treatment experience, frequency of dental visits and children’s dental fear: a cognitive approach. European Journal of Oral Sciences 2012; 120: 75-81. Texto completo.

7. Carrillo-Díaz M, Crego A, Romero M. Miedo dental infantil, asistencia a consultas odontológicas y tratamientos experimentados: ¿Cómo influyen las experiencias en el dentista en la ansiedad dental? . En VV.AA. Psicología de la Salud y promoción de la calidad de vida; 2013 (en prensa). Santiago de Compostela: Ed. Andavira.

8. Lara A, Crego A, Romero M. Emotional contagion of dental fear to children: the fathers’ mediating role in parental transfer of fear. International Journal of Paediatric Dentistry 2012; 22: 324-330. Texto completo.

Antonio Crego

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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Cuatro pensamientos implicados en el miedo

Fear-Graffiti FlickrSi vemos a alguien que está atemorizado y le preguntamos por la causa de su miedo, probablemente  en su respuesta se refiera al estímulo que “le pone de los nervios”. Quizá, de manera ostensible, apunte al animal -un reptil, una araña-, al objeto -una jeringa-, a la situación -una tormenta- o a cualquier otra cosa que figure en su repertorio de temores. “Estoy así por culpa de los rayos y los truenos”-nos dirá. Pero a veces el lenguaje nos confunde. Sabemos qué nos da miedo, pero no sabemos identificar tan fácilmente el porqué. Aunque  recurramos a ellos como explicación del temor, el reptil, la araña, la jeringa o la tormenta, simplemente, son los estímulos que activan la respuesta de ansiedad; pero no su causa. En esto del miedo, la persona juega un papel activo.

El proceso a través del cual alguien adquiere miedo a algo, en muchas ocasiones, implica alguno de estos tres factores: haber tenido una mala experiencia en la que el objeto del temor estaba de alguna forma presente, haber visto cómo alguien sufría esa experiencia aversiva, o -más sencillo aún- haber tenido noticias de lo que le puede pasar a uno -nada bueno- si se encuentra con determinados estímulos (1). Si tengo miedo a que en el hospital me extraigan sangre, puede ser porque una vez lo intentaron, y tras un momento de tensión máxima, acabé por caer al suelo desmayado. O porque vi cómo le ocurría esto a mi hermano menor. O simplemente, porque me han contado que las inyecciones son dolorosas y que el momento de la extracción es muy desagradable.

Aún así, estas explicaciones tampoco han resultado ser muy satisfactorias. Afortunadamente, una mala experiencia directa o indirecta no garantiza que uno vaya a desarrollar una fobia, lo que ha hecho que la investigación psicológica se lanzase a buscar otras alternativas. Entre ellas, una con muy buena prensa es la hipótesis de la preparación biológica. El miedo -dentro de unos límites- es una respuesta adaptativa. Nos protege de aquellos elementos del entorno que pueden resultar peligrosos para nosotros y pueden comprometer la supervivencia de nuestra especie. Tener miedo a las alturas, a los fenómenos atmosféricos violentos, a los grandes animales salvajes, o a los pequeños insectos que podían transmitirnos enfermedades, sin duda ayudó a que en más de una ocasión nuestros ancestros se pusieran a salvo y hoy podamos estar contándolo. Quizá -pensaron los investigadores- generación tras generación, a lo largo de miles de años de evolución, hemos ido creando, heredando y legando, una especie de archivo de temores. Eso explicaría que ahora estemos más predispuestos a aprender y emitir la respuesta de miedo ante algunos estímulos -aquellos en los que está en juego la supervivencia de la especie- que ante otros (2, 3).

La hipótesis, aunque sugerente, no deja sin embargo de estar exenta de problemas. En primer lugar, no explica la alta variabilidad interpersonal que existe en la respuesta de miedo. No todos tenemos los mismos temores, ni con la misma intensidad, aunque seamos miembros de la misma especie. En segundo lugar, ¿cómo se explicaría el miedo ante estímulos recientes, que no existían en épocas anteriores? Y finalmente, el archivo de miedos, a pesar de ser fruto de años y años de evolución, estaría aún lejos de ser un seguro de vida. Poca gente tiene miedo a los hongos, aunque una seta venenosa pueda ser mucho más letal que algunos animales muy temidos, como la araña común.

En este contexto, los modelos cognitivos de la ansiedad han supuesto un notable avance en nuestra comprensión de las fobias y los miedos. Tal vez, una larga tradición dualista nos había ocultado las relaciones entre nuestros pensamientos y nuestras emociones. Sin embargo, la relación entre cogniciones y miedo era ya conocida desde los antiguos griegos. Para Aristóteles, el miedo era el dolor que sentimos al anticipar un mal. Y Epícteto ya afirmaba que, en realidad, nuestras preocupaciones no tienen su origen en las cosas, sino en lo que pensamos sobre las cosas. La psicología moderna les da la razón.

Por ejemplo, el Modelo de Vulnerabilidad Cognitiva, desarrollado por Jason Armfield, sostiene en este sentido que las situaciones ansiógenas activan, de manera automática, un esquema cognitivo compuesto de cuatro tipos de evaluaciones (4):

  • La percepción de que el estímulo o situación entraña algún peligro potencial o puede dañarnos.
  • La anticipación de que el encuentro con un estímulo determinado puede ocasionarnos una sensación de malestar, similar a la respuesta de asco o repugnancia, en la que aparezcan mareos, vómito, etc.
  • La idea de que el estímulo es impredecible y que uno no sabe bien cuándo va a aparecer, cómo, por cuanto tiempo, etc.
  • Finalmente, la creencia de que el estímulo o situación temidos son incontrolables y uno poco o nada puede hacer por cambiar el curso de los acontecimientos.

Desde este modelo teórico es fácil explicar algunos de los miedos más comunes, como el temor a determinados animales (5). Las arañas, por ejemplo, son percibidas como peligrosas y potencialmente dañinas por las personas con fobia a ellas, pero también es difícil saber cuáles van a ser sus movimientos, y por supuesto, conocer sus “intenciones”. Por si fuera poco, las personas con miedo a las arañas las ven como animales especialmente repugnantes, no siendo raro que sientan náuseas ante la visión de sus cuatro pares de patas, el pelo que recubre su cuerpo, o su creación más conocida, las telarañas.

Otro ámbito dónde el Modelo de Vulnerabilidad Cognitiva se ha aplicado con éxito es el miedo a los tratamientos dentales (6,7). Muchas personas, tanto niños como adultos, temen visitar a su dentista. Y una vez más, se comprueba que los pacientes con mayores niveles de miedo dental son aquellos que atribuyen un mayor grado de peligrosidad a los tratamientos odontológicos, presentan un mayor desconocimiento y sensación de falta de control sobre lo que puede ocurrir en las consultas, y muestran un temor más acusado a experimentar sensaciones de mareo, náuseas, atragantamiento o asfixia durante las intervenciones. De manera significativa, las investigaciones recientes han puesto de manifiesto que los pensamientos que integran el esquema de vulnerabilidad cognitiva tienen mayor capacidad para explicar las puntuaciones de miedo dental de una persona, en comparación con otras variables como las experiencias aversivas previas, la afectividad negativa, o la presencia de familiares con miedo dental (8, 9) .

La importancia de los cuatro pensamientos que conforman el esquema de vulnerabilidad no es sólo teórica. De este modelo se derivan unos objetivos claros para la prevención y el tratamiento de los problemas de ansiedad, miedo y fobias. Seguramente, si somos capaces de diferenciar que una cosa es la realidad y otra lo que pensamos de ella, y rastreamos en las causas de nuestros temores, encontraremos que las arañas, las serpientes, las tormentas, las inyecciones, o los dentistas no son tan temibles como creemos. Son nuestros pensamientos los que nos hacen vulnerables al miedo. En este sentido, reducir la percepción de que determinados estímulos o situaciones son peligrosos, inciertos, incontrolables o causan malestar físico puede contribuir a disminuir el nivel de miedo que alguien siente ante ellos.

Referencias

  1. Rachman, S. (1990). The determinants and treatment of simple phobias. Advances in Behaviour Research and Therapy, 12, 1−30.
  2. Poulton, R., Davies, S., Menzies, R. G., Langley, J., & Silva, P. A. (1998). Evidence for a non-associative model of the acquisition of a fear of heights. Behaviour Research and Therapy, 35, 327−334.
  3. Öhman, A., & Mineka, S. (2001). Fears, phobias, and preparedness: Toward an evolved module of fear and fear learning. Psychological Review, 108, 483−522.
  4. Armfield, J. (2006). Cognitive vulnerability: A model of the etiology of fear. Clinical Psychology Review, 26,746–768.
  5. Armfield, J.M. (2007). Manipulating perceptions of spider characteristics and predicted spider fear: evidence for the Cognitive Vulnerability Model of the etiology of fear. Journal of Anxiety Disorders, 21, 691-703.
  6. Armfield, J.M.,Slade, G.D., & Spencer, A,J. (2008). Cognitive vulnerability and dental fear. BMC Oral Health, 8, 1-11.
  7. Crego, A., Carrillo-Díaz, M., Armfield, J.M, & Romero, M. (2013). Applying the cognitive vulnerability model to the analysis of cognitive and family influences on children’s dental fear. European Journal of Oral Sciences, 121, 194-203.
  8. Armfield, J,M. (2010). Towards a better understanding of dental anxiety and fear: cognitions vs. experiences. European Journal of Oral Sciences, 118, 259-264.
  9. Carrillo-Díaz, M., Crego, A., Armfield, J.M., & Romero, M. (2012) Assessing the relative efficacy of cognitive and non-cognitive factors as predictors of dental anxiety. European Journal of Oral Sciences, 120, 82-88.

Imagen: Fear-Graffiti (por Jimee, Jackie, Tom & Asha, Flickr.com)

Antonio Crego

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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¿Nos hace el Botox más felices?

El Botox puede hacer a las personas que lo usan más felices ya que impide el procesamiento de emociones negativas tales como la tristeza o la ira. El Botox es una sustancia que se usa en cirugía estética para eliminar las arrugas de la cara mediante la paralización de los músculos. Los músculos paralizados impiden ciertas expresiones faciales, y por tanto, el procesamiento del lenguaje afectivo.

Estos resultados han sido publicados en la revista Psychological Science, e indican que al inmovilizar la musculatora facial se pueden provocar dificultades para procesar emociones relacionadas con la zona paralizada. Por ejemplo, según estos resultados, el Botox impide fruncir el ceño, así que provoca dificultades en el procesamiento de frases de emociones relacionadas con el ceño, como la ira o la tristeza. Sin embargo, este efecto no se produce con frases que reflejan situaciones felices, ya que las expresiones faciales de felicidad son distintas a las de ira y tristeza.