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Carmelo Pérez

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA. Ver Perfil

Carmelo Pérez

Tipos de memoria

La memoria es quizás uno de los procesos mentales más fascinantes. Además de su importancia en la supervivencia de prácticamente cualquier animal, es una pieza clave en el funcionamiento de otros procesos como el aprendizaje, la atención o la toma de decisiones. Esta relevancia ha hecho que la memoria sea objeto de estudio de cientos de pensadores, filósofos y científicos a lo largo de varios siglos.

Durante todo este tiempo se han ido proponiendo ideas, más o menos acertadas, sobre el funcionamiento y la naturaleza de la memoria. Estas ideas, generalmente, van siendo sustituidas por otras que, gracias al avance de la ciencia, pueden explicar y predecir mejor este proceso. Una de las ideas que parece que ha sido, casi, totalmente rechazada hoy en día es que la memoria funciona como un sistema unitario, esto es, como un almacén único donde se acumulan todos los recuerdos. En su lugar la mayoría de autores apoyan la idea de que en realidad hay distintos tipos o sistemas de memoria cada uno con sus características concretas y que operan en función de la naturaleza de la información que se tenga que almacenar.

No es objetivo de esta entrada hacer una revisión exhaustiva de todos los tipos de memoria descritos, ni profundizar demasiado en los detalles de cada sistema de memoria. Más bien lo que este post pretende es ofrecer un repaso ligero de algunos de los tipos de memoria más conocidos y que el inquieto lector pueda diferenciarlos de forma sencilla. Ahí va pues.

Memoria sensorial: Es la memoria más breve ya que retiene la información sólo algunas milésimas de segundo. Esto hace que difícilmente seamos conscientes de ella pero resulta fundamental para poder percibir los estímulos externos puesto que, según algunos autores, es la puerta de entrada de estos a la memoria. Según la modalidad sensitiva de la que se encargue se puede subdividir en memoria sensorial icónica (para imágenes), ecóica (para sonidos) o háptica (para el tacto).

Memoria a corto plazo: Se encarga de la retención de pocas piezas de información en breves periodos de tiempo. La cantidad total de información y el tiempo que esta se mantiene depende de factores como el tipo de información a almacenar, el formato de presentación, ciertas características personales, etc. No obstante, se suele aceptar que este tipo de memoria retiene entre 5 y 9 piezas de información durante unos 15 o 30 segundos. La información llega a la memoria a corto plazo desde la memoria sensorial, aunque también puede entrar desde la memoria a largo plazo.

Memoria a largo plazo: Este quizás sea el tipo más conocido de memoria. Es a la que nos solemos referir cuando hablamos de que alguien tiene buena memoria o cuando nos quejamos porque tenemos una memoria muy mala. Se encarga del almacenamiento de una gran cantidad de información (¿quizás ilimitada?) durante periodos extraordinariamente largos de tiempo. De hecho, ciertos recuerdos pueden permanecer en la memoria a largo plazo toda la vida. Algunos modelos afirman que este tipo de memoria recibe información de la memoria a corto plazo y que, como dijimos, a su vez puede enviarle a esta información. Como es un sistema extraordinariamente amplio, se ha subdividido en otros menores, concretamente en la memoria implícita y explícita.

Memoria implícita: Es, con diferencia, el sistema de memoria más complejo puesto que la información que almacena no suele ser accesible de forma consciente. A grandes rasgos, se trata de información que no sabemos que tenemos o que, de saberlo, no podemos recuperarla de forma voluntaria. Un buen y muy utilizado ejemplo es el de montar en bicicleta. Por mucho que tratemos de verbalizar cómo se hace no conseguiremos que alguien aprenda a montar en bicicleta con nuestras solas explicaciones.

Memoria declarativa: Al contrario que la memoria implícita, la declarativa es aquella que se puede formular con proposiciones o imágenes. A su vez, está dividida en dos subsistemas más, la episódica y la semántica.

Memoria episódica: Es el sistema de memoria que se encarga, en general, del almacenamiento de hechos. Los eventos almacenados en la memoria episódica son los vividos por la propia persona, es decir, saber que en 1492 Cristobal Colón llegaba a lo que hoy conocemos como América no es información que se almacene en la memoria episódica puesto que no es una experiencia propia del sujeto. Existe aquí un poco de controversia entre los investigadores porque algunos distinguen entre memoria episódica y autobiográfica mientras que para otros no existe diferencia entre estos dos tipos de memoria.

Memoria semántica: Se trata de información general sobre el mundo como por ejemplo, saber qué ciudad es la capital de Italia, nuestro número de teléfono o el nombre de nuestros amigos. La información almacenada en la memoria semántica suele ser fácilmente formulable en proposiciones.

Memoria prospectiva: Es la información de la planificación y de eventos futuros. En realidad se trata de almacenar información sobre eventos que aún no han ocurrido, por lo que resulta un tipo peculiar de memoria. La memoria prospectiva es el tipo más joven de memoria en el sentido de que es el que más recientemente se ha descrito y, lógicamente, el que menos cantidad de investigación ha generado por el momento.

A grandes rasgos, estos son los sistemas de memoria descritos hasta la fecha. Como cabe suponer, detrás de cada uno de ellos existen cientos de estudios, modelos y autores que tratan de descubrir cómo funcionan, qué áreas cerebrales están implicadas en cada uno de ellos, cómo se dañan con ciertas enfermedades o con el envejecimiento, etc. Por lo tanto, la visión que se da aquí podría ser excesivamente simplista, pero bueno, valga este texto como una primera aproximación a la materia.

Carmelo Pérez

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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Manuela y la capacidad de comunicación interespecies

El pasado 17 de diciembre, y gracias al trabajo de la profesora Laura Alonso, un grupo de estudiantes y docentes del Grado en Psicología de la UDIMA visitamos las instalaciones de Rainfer, un centro de recuperación de primates en la Comunidad de Madrid.

Este centro fue fundado hace unos veinte años por Guillermo Bustelo y, en la actualidad, en él viven más de 100 primates de distintas especies (capuchinos, titís, lemures o chimpancés, entre otros). Durante la visita tuvimos la oportunidad de conocer tanto el centro como el trabajo que allí se realiza. Además, llevamos a cabo actividades prácticas de registro de conducta mediante etograma y de enriquecimiento ambiental.

De entre todos los primates que tuvimos oportunidad de “visitar” llamaba especialmente la atención una chimpancé: Manuela. Físicamente es una chimpancé común, mucho menos impresionante que otros compañeros suyo machos que intentaban advertirnos por medio de gestos y golpes que estábamos invadiendo su territorio. Lo especial de Manuela era que podía comunicarse con sus cuidadoras y con el personal del centro, aunque de forma muy primaria, a través de lenguaje de signos. El asiduo consumidor de divulgación científica ya tendrá noticia de Washoe, el primer ser vivo no humano en aprender a comunicarse mediante lengua de signos. Sin embargo, esta parece una de las cosas que cuando las ves te impresionan más que cuando las lees.

La historia de Manuela parte de un pequeño zoo cuyos propietarios, cuando recibieron noticia de que iban a incautarles los animales, no tuvieron mejor idea que envenenarlos. Las autoridades llegaron con tiempo suficiente para rescatar a la madre de Manuela, pero no a su padre. A la llegada a Rainfer se integró en un grupo junto con su hermana (también rescatada) hasta que esta murió en 2012. A partir de ese momento Manuela comparte grupo con otros dos machos (Toti y Guille) y, sin duda, se ha convertido en una de las estrellas del centro, no sólo por lo activa que se muestra (es muy curioso ver cómo se tapa con una manta los días de frío), sino por lo que comentaba anteriormente, es capaz de comunicarse con sus cuidadores por lenguaje de signos.

manuela

La capacidad de estos animales para aprender y comunicarse en lengua de signos va mucho más allá de la simple repetición de gestos para obtener comida. Se han descrito casos, como el de Washoe, en el que era capaz de enseñar a su hijo adoptivo este lenguaje, ¡con todo que ello conlleva y las implicaciones que tiene!. También aprendieron a combinar los gestos para formar mensajes complejos. Por ejemplo para referirse a “CISNE” utilizaban los signos de “AGUA” y “PÁJARO”. Además, son capaces de aprender de forma vicaria, por observación, y sin necesidad del condicionamiento operante, que quizás sea lo que a todos se nos viene a la cabeza cuando pensamos en cómo enseñaríamos a un primate a comunicarse con gestos. No menos sorprendente es el aprendizaje latente que mostraron: aprender algo y no utilizar este aprendizaje hasta que se dan las condiciones óptimas.

Cabe señalar la influencia que tiene en la capacidad de aprendizaje de estos primates el ambiente en el que viven. Existe evidencia de que en ambientes empobrecidos y poco naturales, estos animales no son capaces de aprender con la misma solvencia. Se entiende que esto se debe a que la falta de estimulación perjudica el desarrollo congnitivo de los primates y esto, a su vez, causa déficit de aprendizaje.

Sin embargo, el de Washoe no es el único caso que se ha descrito de comunicación interespecie, por ejemplo tenemos a Koko, un gorila que comprende varios cientos de palabras, Kanzi, un bonobo quien mostró una aptitud lingüistica avanzada o incluso se han descubierto incipientes capacidades comunicativas en Alex, un loro gris.

No obstante, al trata este tipo de casos debemos tener en cuidado de no caer en una especie de Falacia Patética. Esto es, no debemos atribuir sentimientos, pensamientos o sensaciones humanas a, en este caso, los animales. Puede ser cierto que los animales, más concretamente los primates, pueden experimentar algo parecido a lo que nosotros llamaríamos emociones, de hecho hay estudios que así lo sugieren. Sin embargo, viendo cómo se comportan, es inevitable humanizarlos e interpretar todos los gestos, acciones o comportamientos que realizan como si de humanos se tratara. De hecho, gran parte de los problemas que actualmente sufren estos animales viene precisamente de esta humanización en exceso.

Si al lector le interesa conocer el caso de Washoe le recomiendo este vídeo en el que se puede ver cómo los cuidadores se comunican con el animal:

Os recomiendo también visitar la página de Rainfer. En ella podéis encontrar más información y, si os animáis, organizar una visita al centro, realmente merece la pena: http://rainfer.com/.

Carmelo Pérez

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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Metaanálisis. Una herramienta contra las pseudociencias

Si hiciéramos una encuesta en la calle preguntando “¿cree usted que la psicología es una ciencia?” mucha gente respondería sin pensárselo “no” y seguiría su camino. Si además añadiéramos el típico “justifique su respuesta” nos encontraríamos un argumentario de lo más variopinto en el que habría desde respuestas metafísicas tipo “porque la mente humana es tan amplia que no se puede estudiar con la ciencia” hasta la más justificada y con tintes de realidad “porque algunas áreas de la psicología no son científicas, aunque otras sí”. Quiero pensar que también habría quien respondería “sí, porque utilizan correctamente el método científico”.

El caso es que la psicología adolece de un mal prestigio en cuanto a su calidad científica se refiere. Quizás esta reputación pueda estar justificada ya que algunas de las ramas de la psicología no se basan en conocimiento obtenido a través del método científico, requisito fundamental para que una materia sea considerada ciencia. Sin embargo, existen otras áreas de la ciencia (puede que la mayoría) que hacen un uso correcto del método científico y por lo tanto, sí, deben ser considerada ciencia.

Podríamos dividir de forma tosca, pero clara, las áreas de psicología utilizando como criterio la forma que tienen estas áreas para generar conocimiento. Tendríamos así dos grandes categorías: por un lado estaría la psicología científica y por otro la psicología no científica o pseudopsicología. Esta pseudopsicología estaría a su vez en el mismo saco que otras pseudociencias como la homeopatía, la astronomía, el reiki, la osteopatía, la alquimia, el creacionismo, la criptozoología… por desgracia las hay a patadas. Quizás nuestro mayor representante de la pseudopsicología, aunque no el único, sea el psicoanálisis. Doctrina formulada inicialmente por Freud y que incumple sistemáticamente varios de los principios básicos para ser considerada una ciencia.

Desde una perspectiva conciliadora se puede pensar que, si bien las pseudociencias pueden equivocarse en la forma de obtener conocimiento, no repercuten negativamente en la sociedad, el típico “no hace daño”. Nada más lejos de la realidad. No es el objetivo de este post el enumerar los perjuicios que causan estas pseudociencias, pero nombraré uno a modo de ejemplo: Cada año mueren cientos de personas por abandonar la medicina científica y tratar sus enfermedades con la conocida como medicina alternativa. Enfermedades que, por otra parte, pueden ser curables si son tratadas con la medicina científica. El colectivo antivacunas son un buen ejemplo de ello.

Menos traumático, pero no poco importante, es el negativo impacto que tienen algunas de estas pseudociencias en la concepción que tenemos sobre el funcionamiento del mundo. Así la homeopatía puede hacer creer a alguien que el agua tiene memoria, o el psicoanálisis que (casi) todos los trastornos psicológicos son fruto de impulsos sexuales retenidos, o, como bien decía Sheldon sobre la astrología, “que la posición aparente del sol con respecto a unas constelaciones decididas arbitrariamente en el momento en el que naciste puede afectar a tu personalidad”.

De todas formas siempre nos encontraremos a alguien intentando apoyar la veracidad de las afirmaciones de una pseudociencia con una frase que empieza: “Hay un estudio…”. Y sí, es verdad, parece haber estudios para casi todo. Además estudios publicados en revistas científicas incluso con impacto. Pero, ¿podemos fiarnos de cualquier estudio que aparezca publicado en una revista científica? La respuesta a esta pregunta no es fácil. En principio, si un artículo ha pasado las revisiones de una revista científica debemos creer sus resultados. Y ojo, en una revista científica, que no es lo mismo que una revista de divulgación de ciencia. Una buena forma de identificar las que son revistas científicas y revistas de divulgación son que las científicas nunca nos la vamos a encontrar en un kiosco. Además, las de divulgación generalmente son reseñas de artículos de revistas científicas.

Pero no es menos cierto que existen los falsos positivos. La psicología, por mucho que duela (sobre todo a los conductistas) no es una ciencia determinsta, sino más bien, estocásctica. No voy a entrar en detalle para no aburrir, pero esto significa que existen probabilidades de que al realizar un estudio, pese a que este tenga todas las garantías científicas, nos encontremos un dato que no es real. Por ilustrarlo con un ejemplo, podríamos encontrar en un estudio que las personas altas son más inteligentes que las de baja estatura, aunque eso no sea real.

¿Entonces?, ¿qué mecanismos tiene la ciencia contra esos falsos positivos? Los metaanálisis. Un metaanálisis no es más que un estudio de los estudios. Un análisis de los resultados que tienen un conjunto de estudios sobre una temática en particular. Esto es, si queremos comprobar si efectivamente tal y como decía el ejemplo, las personas altas son más inteligentes, podríamos hacer un metaanálisis de todos los artículos publicados al respecto. Comprobaríamos así que, efectivametne, puede haber algún estudio que diga lo contrario, aunque en general no se hayan encontrado este tipo de diferencias.

Así que sí, puede haber algún estudio que demuestre que la homeopatía funciona, que el reiki cura, que la terapia psicoanalítica es efectiva… pero cuando analizamos todos los estudios (o una buena selección de ellos) y los metaanalizamos comprobamos que no son más que charlatanería.

Y todo esto es en el mejor de los casos, asumiendo que los estudios que se realizan sobre pseudociencias están bien planteados y llevados a cabo. Aunque la (triste) realidad sea que estos estudios padecen de graves faltas metodológicas, que están publicados en revistas propias y a veces ni eso.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que hay un estudio sobre algo, piensa:

– ¿Dónde está publicado ese estudio?. Y desconfía de las revistas no científicas, con poco impacto o revistas propias.

– ¿Tiene el estudio las garantías del procedimiento científico?. Son aspectos como el doble ciego, el análisis estadístico correcto, el grupo control… entre otras.

– ¿Puede tratarse de un falso positivo? Desgraciadamente existen.

– ¿Habrá algún metaanálsis sobre esto? Quizás lo haya y contradiga lo que dice ese estudio en concreto.

Espero que el tiempo que habéis perdido en leer esta entrada os sirva para algo en algún momento. Aunque aviso, podéis ser tachados de repelentes si alguien os pregunta si la psicología es una ciencia y le contáis toda esta parrafada.

Saludos!

Carmelo Pérez

Doctor en Psicología. Profesor de Psicología en la Universidad a Distancia de Madrid, UDIMA.

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