Durante la última década, y tras la implantación del plan Bolonia en la educación universitaria, han surgido una serie de cambios en los procesos de enseñanza -aprendizaje. La evaluación educativa no es ajena a dichos cambios, pues ha pasado de basarse en un paradigma simplista en el que se evaluaban situaciones artificiales al final del curso o proceso educativo a una evaluación continua (no terminal) basada en competencias y situaciones reales en la que no se busca clasificar al alumno de acuerdo a sus conocimientos declarativos sino que se busca evaluar el logro progresivo en la adquisición de ciertas competencias básicas para su desempeño en un contexto.

Partiendo del aprendizaje a lo largo de la vida se entiende que la competencia es una serie de saberes que los alumnos ponen en acción para dar respuestas efectivas a las demandas de un entorno complejo y cambiante (Sánchez y Ballester, 2010). Las rúbricas, por su parte, las podemos definir como un instrumento de evaluación cuya finalidad es compartir los criterios de aprendizaje y evaluación con estudiantes y entre profesores, sirve además como una guía que muestra a alumnos y profesores las expectativas de consecución de logros en ciertas tareas.  las rúbricas se organizan en niveles (desde lo que se considera insuficiente hasta lo que se considera excelente) y tienen sus orígenes en las escalas de medida en las que se evalúa un constructo (competencia) con ítems cuantitativos.

La rúbrica es un instrumento en el que el alumno es el principal actor del proceso (implicacion personal en cada tarea y evaluación) puesto que puede ser usada para la evaluación por pares, para la auto-evaluación  y para a evaluación tradicional por parte del profesor.  Tiene numerosas ventajas entre las que podemos contar que permiten la evaluación activa en casos concretos y situaciones reales y contextualizadas, además, pueden ser usadas en todos los niveles educativos y para diversos tipos de tareas, se pueden emplear rúbricas con símbolos en las etapas pre-lectura, en primaria y secundaria para la evaluación de tareas y en niveles universitarios para la medición de competencias e incluso para evaluar tesis doctorales.

Entre las ventajas para los profesores se puede mencionar que son fáciles de utilizar y de explicar, hacen que el profesor tenga claros los criterios de evaluación y niveles de logro del alumno, proporcionan al profesor indicadores para evaluar el progreso y los puntos débiles de los alumnos y facilitan la calificación en temas complejos o subjetivos.

Entre las principales ventajas para los alumnos podemos contar que muestran qué se espera de él y cómo será evaluado, ayudan a comprender objetivos para regular esfuerzos, modificar estrategias y disminuir la ansiedad, proporcionan un feedback continuo sobre sus fortalezas y debilidades, lo que permite al alumno regular el aprendizaje, permite evaluar y revisar la versión final del trabajo, propician el aprendizaje crítico y reflexivo y fomentan el desarrollo de competencias metacognitivas.

Sin embargo, su uso no está exento de desventajas, por ejemplo, elaborar una buena rúbrica consume mucho tiempo y es difícil de hacer, en algunos casos las rúbricas mal elaboradas limitan la autonomía y la creatividad del alumno y pueden carecer de fiabilidad y validez si no se realizan bien. Además, como todo instrumento de medición es necesario analizar su calidad (validez, fiabilidad).

Sonia Janeth Romero Martínez

Doctora en Psicología. Profesora Titular en UDIMA Universidad a Distancia de Madrid

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