En pleno barrio de Chamberí, a poca distancia del Centro de Estudios Financieros de Madrid ubicado en el Paseo del General Martínez Campos, nos encontramos con un edificio majestuoso cuya arquitectura rápidamente comienza un diálogo con el visitante.Nos referimos al Hospital de San José y sede del Instituto Homeopático, tan decimonónico como quien da nombre a la calle en que se halla, Eloy Gonzalo, el héroe de Cascorro, un personaje al que reconozco tenerle simpatía por ser paisano, de la provincia de Guadalajara, y por compartir además natalicio: el 1 de diciembre, de diferentes años y siglos.

 

José Núñez Pernía, médico de Benavente y que llegaría a marqués reinando Isabel II, fue el artífice de dicho enclave. Personaje curioso en un Madrid de las apariencias, barroco como siempre ha sido aún en pleno siglo XIX. Soltero con estudios religiosos, abogado por la universidad de Valladolid, bachiller en Medicina por Madrid y médico por Barcelona, comenzó a practicar la homeopatía en Burdeos hacia 1837. Deslumbrado por las nuevas técnicas de sanación de Samuel Hahnemann basadas en el convencimiento de que “lo similar cura lo similar”, ordenó la construcción del Hospital, que el arquitecto José Segundo de Lema erigiría entre 1873 y 1877 con la misma configuración que hoy podemos apreciar en este complejo neogótico de uso civil: un cuerpo central de 4 plantas con galería abierta al mediodía, 2 pabellones de una única crujía y 3 plantas.

El segundo edificio, neomudéjar para más seña, que comparte finca es el Palacete del Marqués de los Salados, adquirido como solar en 1881 por un hermano del Dr. Núñez, fray Pedro Núñez Pernía, obispo de Coria y ex-senador del reino por la diócesis de Toledo. El terreno sería dejado en herencia a su otro hermano, Joaquín, el marqués que le da nombre. El arquitecto Emilio Rodríguez Ayuso diseñaría la traza en el período 1884-1886, conforme a la estructura denominada por aquellas fechas “hotel”.

La homeopatía era conocida en Madrid con anterioridad a la implementación de Núñez, tal como informa El Criterio Médico (1867), pero las grandes curaciones se realizaron a partir de su actividad. Para perpetuar su legado, fue creada una fundación administrada por un patronato, estableciéndose que quien ostentara los marquesados de los Salados y de Núñez y tuviera una preparación académica adecuada, se encargaría de la dirección facultativa y administrativa de la institución, si bien podría dividirse el cargo en dos. De no haber un médico en la familia, pasaría a otro patrono. Cuando Núñez fallece en 1879, la presidencia fue propuesta al arzobispo de Toledo, Miguel Payá y Rico, quien aceptó.

La historia de esos gránulos constituye un ámbito de estudio en sí misma. A modo de síntesis, se puede afirmar que la ciencia decimonónica de vanguardia se fusionaba con la arquitectura más neo para albergar en Madrid un espacio propio de experimentación y desarrollo de sistemas de curación alternativos a las sangrías y a la incipiente química que, aletargada como tantas otras vertientes del pasado hispánico, se resistía a decir adiós al Antiguo Régimen.
Laura Lara Martínez

Doctora en Filosofía. Profesora de Historia Contemporánea.
Udima, Universidad a Distancia de Madrid