La memoria colectiva a veces no pasa de unos breves siglos. Nos sorprende la decisión del papa Benedicto XVI de dejar la mitra pontificia el 28 de febrero. Se repite en los medios que es un hecho casi inédito y se buscan paralelos históricos de manera superficial. Se afirma que tradicionalmente los papas han muerto en cama o “en la cruz”. Pero no es tan cierto. Pocos papas han muerto tranquilamente en su cama; menos han tenido pontificados sin sobresaltos. La historia de los papas de Roma es una de las más difíciles de reconstruir y de interpretar debido al constante cambio de sus titulares y a las fuertes encrucijadas de intereses en las que se encontraban. La expresión “abdicación” o “dimisión” es una gran eufemismo de nuestro tiempo, tan “religiosamente correcto”. En Roma, un centro neurálgico del poder político, los papas no solían dimitir, más bien eran apartados o retirados por otros poderes.

Desde el siglo I hasta el papa emérito presente se han sucedido entre 263 o 265 papas, una frecuencia de reemplazo muy superior que las de las dinastías regias. Esto sin contar los aproximadamente 38 antipapas, concepto este resbaladizo, pues un antipapa es un miembro de la jerarquía católica con los mismos principios doctrinales que el papa, que suele ser el verdadero papa para la facción que le apoya en la curia, sólo que la parte que perdió la batalla por ganar el reconocimiento de más poderes del orbe católico. Los papas tocan a una media de 7 años por titular aproximadamente, lo que denota la alta siniestralidad del oficio. Esto demuestra que lo curioso es lo contrario: que siempre ha sido difícil sobrevivir siendo papa, no solo por su elevada edad media. Las historias de los papas son rocambolescas: huidas disfrazadas de alabarderos, escapatorias de torres, muertes en el acto sexual, papisas mujeres, etc…. y los escenarios de sus elecciones, lugares en los que se han dado todo tipo de anécdotas. Desde 1271, se estipuló que los cardenales electores se reunieran en cónclave, es decir, bajo llave (cum clave). Esto demuestra lo peligrosas que eran dichas reuniones en las que podía asonar cualquier facción o partido o las fuertes presiones que había sobre los cardenales, cuando se comunicaban con el exterior para recibir órdenes o para comentar las tensiones y estrategias que se iban planteando en la reunión. Tras la vacante más larga de la sede romana (de 1268 a 1271), se vio la necesidad de sistematizar y reglamentar la elección de los papas para evitar que las tensiones políticas se descarnaran tan vivamente. El nuevo papa, Gregorio X, instauró el procedimiento para ello con la bula: Ubi periculum maius. Entre otras medidas menos anecdóticas, que obligaban a seguir un protocolo, votar y alcanzar los dos tercios (el debate entre si la elección debía de ser por cantidad de votos o por la “calidad de los votantes” fue largo, maior pars vs. melior pars), se decidió que a partir del cuarto día de deliberación, las raciones de los cardenales electores se fueran acortando para que acabaran antes.

La Edad Media fue el momento de máximo poder del Papado de Roma, pues en ese período la identidad social colectiva estaba principalmente marcada por el hecho religioso, los argumentos y posiciones políticas se expresaban en términos religiosos y la Iglesia era la gran legitimadora o desligitimadora tanto de los cabezas de la pirámide del poder feudal, como de los campesinos de cualquier aldea perdida. La Iglesia podía intervenir en todos los territorios de la cristiandad. Su cabeza era una voz que tronaba en las cortes regias. Con su palabra, podía levantar facciones contra un rey, desbaratar proyectos dinásticos, descalificar herederos, poner en entredicho una región entera acusada de herejía. Pero este gran poder estaba atravesado por una doble paradoja: la Iglesia se fue conformando durante los siglos medievales como una institución que no se reproducía biológicamente, dado el celibato de sus miembros y que no tenía un ejercito a su servicio. Por eso, el Pontificado tuvo que especializarse en el difícil juego de buscar fuerzas aliadas, defensores de Roma, que no pretendieran ser sus dueños. Los papas se mantuvieron y se defendieron, gracias a la alianza de sus amigos carolingios, de los emperadores alemanes, de los normandos sicilianos, de los angevinos francos y de los españoles, por este orden. Pero, igualmente, muchos papas medievales se vieron arriados del solio, porque no podía haber asunto más “político” que los asuntos del Pontificado de Roma.

Pero además de esta dinámica externa que caracterizaba la superviviencia del pontificado, había otra igualmente intrincada y es que el obispado de San Pedro era y sigue siendo, por encima, de todo una cuestión de las luchas de poder internas en la Roma y en Italia. El principal objetivo, era urdir redes infinitas que posicionaran miembros de las familias nobiliarias en partidos y facciones amigas que controlarían, elecciones, concilios y decisiones, ingresos diezmales, las donaciones y las rentas feudales de los estados pontificios. Las familias romanas como los Crecencios frente a Teofilactos en el siglo X, los Frangipanis frente a Pierleonis en el siglo XII, los Orsinis frente a Colonnas en el siglo XIII, que duraban una generación o dos, campaban por sus respetos en guerras constantes colocando a sus miembros en la dirección de la ciudad o reconquistando la ciudad en cuanto los poderes externos, como los emperadores romano-germánicos, la abandonaban.

Sería un error pensar que los papas defendían su independencia frente a amenazas externas (reyes y emperadores) e internas (nobleza romana). El papa existía, era por estas dinámicas. Todo papa romano estaba respaldado por una familia fuerte, todo papa extranjero tenía que llevarse la corte fuera: a Orvieto, a Nápoles, a Avignon, a Peñíscola, etc… El relevo de poder ha sido: facciones nobiliarias romanas durante los siglos IX-X, facción germana o romana durante los siglos XI-XII y facción francesa o romana en los siglos XIII-XIV.

Repite la prensa que 7 papas, desde el 33 dC., son los papas que han “dimitido”, pero los contextos de estas “dimisiones”, desmienten la posibilidad de denominarlo así. La mayoría de los papas tuvieron que dejar la tiara o fueron expulsados, siendo difícil distinguir unas situaciones de otras. Nada ha sido sencillo en la biografía pontificia.

El período que se conoce como “El siglo de hierro del Pontificado”, por la frecuencia de los nombramientos, la ignorancia de los papas y la violencia, provocó el nacimiento de aspiraciones reformistas de la Iglesia, bien alejadas de la ciudad como en Borgoña o Lotaringia. Fueron precisamente los emperadores germanos los que, mediante la intervención en la ciudad y el nombramiento de papas dignos pretendieron liberar el pontificado de la nobleza romana. En este contexto hay que situar al papa Juan XII (940-964) “el Fornicario”. Con 18 años, ninguna formación e implicado en todos los conflictos contra los condes y duques locales, llamó a Otón I en su defensa y lo coronó emperador en el año 962. El emperador lo depuso y, en el concilio de 963, eligió como sucesor a su secretario, un seglar que recibió todas las órdenes en un día, León VIII. Juan XII, que se marchó con los tesoros de Roma, volvió a la ciudad en cuanto se fue el emperador con un ejército, depuso al Papa y se dedicó a vengarse de sus enemigos y volver a su vida licenciosa hasta su muerte.

En 1032, los Teofilacto, familia poderosa en Roma desde finales del siglo X, que tuvieron en su familia ni más ni menos que 6 papas, sobornaron a la curia para nombrar con 14 años de edad, a Benedicto IX, un papa “guadiana” que dominó la sede pontificia en 3 períodos: de 1032 a 1044, en 1045 y de 1047 a 1048. Su supervivencia dependía de su alianza con el emperador Conrado II, que le defendía de las otras familias romanas. El 10 de abril de 1045 vendió la tiara por 1500 libras al futuro papa Gregorio VI para casarse y abdicó. Sin embargo, nunca dejó de luchar por conquistar Roma, siempre que los emperadores estaban ausentes. Consiguió volver dos veces con los ejércitos de su familia. El emperador Enrique III se vio obligado, en el Concilio de Sutri de 1046, a deponer a los tres papas en liza, pero volvió a perder la ciudad en cuanto la abandonó. En 1048, Benedicto IX era expulsado de la ciudad por otras familias y acabó retirado en la abadía de Grottaferrata.

Quizá la historia más conmovedora es la de Pietro Angeleri di Murrione, quien antes de ser Celestino V era un monje benedictino de un monasterio perdido del Benevento. Inclinado al ascetismo radical que imperaba en los tiempos, abandonó el cenobio y se retiró a la cueva de Morrone como ermitaño en 1239 y con varios seguidores poco después se situó en otra cueva en los Abruzos donde fundó en 1244 los Celestinos. Cómo se cruzó su destino con el de Roma es un misterio solo explicado por la teoría del caos. Debido a la rivalidad y guerra entre la familia Colonna y Orsini, la sede pontificia llevaba vacante desde 1992 hasta 1994. No es raro que cuando el asceta se vio elegido papa trasladara la sede a Nápoles, dominio de los Anjou franceses y donde contaba con su protección. Nuestro protagonista rigió la sede de agosto a noviembre de 1294. No sabemos si, como se dice, “renunció voluntariamente” para volver de ermitaño, lo que sí sabemos es que vio la necesidad de establecer la bula de abdicación de los papas y que restauró la institución del cónclave papal para elegir papa. Su sucesor el enérgico Bonifacio VIII no iba a dejar semejante tentación suelta por la tierra. Lo llevó con él a Roma donde trasladó la sede inmediatamente. ¡Qué peligros no acecharían al pobre Pietro Angeleri, que escapó durante el viaje e intentó huir a Grecia, pero fue apresado y encerrado en una torre hasta su muerte.

El Gran cisma de la Iglesia se produjo tras la crisis de finales del XIII. El papa Bonifacio VIII conseguía dar brillo al último estertor de la formulación teocrática de la Iglesia.  Frente a Roma, crecía la teoría política y el poder de reyes feudales y las teorías conciliaristas. Reyes como Felipe IV de Francia no estaban dispuestos a tener que lidiar con  papas independientes. Entre 1309 y 1377 se trasladó la sede papal de Roma a Avión. Los 5 papas que siguieron a Bonifacio VIII fueron franceses, 111 de los 134 cardenales creados en ese período eran franceses. A cambio, en Avignon el papado aprendió a organizarse como los poderes temporales más avanzados: organizó sus procedimientos, sus sistemas recaudatorios, los cargos y funciones de la curia, etc… Pero Roma estaba esperando para equilibrar la balanza y durante 40 años, la cristiandad se descarnó en un cisma con dos y hasta tres papas. Cuando Segismundo, emperador de Alemania, en el Concilio de Constanza de 1414 hasta 1418, depuso a los tres papas existentes: a Juan XXIII (el pisano, Angelo Guiseppe Roncalli) en 1415 y a Gregorio XII (el veneciano, Angelo Correr) y a Benedicto XIII (el zaragozano, Pedro Martínez de Luna) en 1417 puso fin al cisma de Occidente. El nombrado fue un Colonna: Martín V.

En este proceso largo y cruento de 4 siglos (desde la Reforma Gregoriana en el siglo XI hasta el final del cisma en el siglo XV), se consumó la divisoria entre lo que nosotros conocemos como poder temporal y poder espiritual, es decir, el reparto de los ámbitos de autoridad entre monarcas y papas. Roma renunció a ser un estado dentro de todos los demás estados y se redujo a sus posesiones temporales en los Estados Pontificios; los reyes dieron coherencia a su poder territorial, pero a cambio de grandes prerrogativas y privilegios al Pontificado.

La historia no nos permite imaginar por qué se va el papa. No podemos imputar intenciones. Pero la historia nos permite imaginar potenciales contextos, los ingredientes que frecuentemente entraron en juego. Benedicto XVI ha vuelto a ser Joseph Ratzinger. Las elecciones pontificias son ya más cortas y menos discutidas porque se juega el poder de las facciones de la Iglesia, no el poder en el mundo. El papa puede seguir vivo, aunque habiendo reconocido ciega obediencia a quien sea su sucesor, porque su figura no es tan amenazante como en el pasado. Sea como fuere, el Papa alega que se va por falta de fuerzas para disponer de las energías que exige la procelosa administración, la dinámica política de la curia Vaticana con sus partidos, facciones y corruptelas. Las facciones se aprestan a tomar posiciones: los italianos, los españoles, los simpatizantes de una organización o figura u otra, los más conservadores y los más liberales. El hervidero papal, que nunca se acalla, muestra que la dificultad para gobernar la barca de Pedro continua, que los problemas son tan oscuros como todos imaginamos, que la figura del papa ha perdido unos grados en cuanto a infalibilidad y sacralidad y que el concilio es más que nunca un asunto de hombres solteros mayores.

Laura Lara Martínez

Doctora en Filosofía. Profesora de Historia Contemporánea.
Udima, Universidad a Distancia de Madrid