Las caras constituyen, posiblemente, uno de los estímulos más importantes de la interacción social (Ekman & Oster, 1979). Aportan información, no sólo sobre aspectos de la identidad de la persona, sino también sobre su estado emocional. En éste último caso, las expresiones faciales emocionales (EFEs) constituyen uno de los sistemas de señales más importante que tenemos para informar a otros miembros de nuestra especie de lo que nos sucede (Darwin, 1872).

Desde esta perspectiva se considera que tanto la habilidad para expresar como reconocer EFEs han sido favorecida por la selección natural. Esto ha sido debido a su gran valor a la hora de comunicar señales de peligro y, por lo tanto, por su gran valor para la supervivencia de los individuos (Ekman, 1982). Partiendo de estos supuestos, numerosos investigadores han tratado de demostrar el carácter universal y el origen innato de las EFEs siguiendo como principales fuentes de investigación: a) análisis de la expresión y el reconocimiento de las EFEs en individuos pertenecientes a diferentes culturas con el objetivo de comprobar si los componentes o elementos de la expresión y el reconocimiento son equivalentes y, por lo tanto, universales, y b) análisis de la expresión y el reconocimiento de EFEs en recién nacidos para comprobar la existencia de predisposiciones innatas. Los resultados parecen apoyar la existencia de un conjunto de emociones consideras básicas (como la alegría, el miedo, la ira, la tristeza o el asco) que son universales e innatas (para una revisión ver Johnson, 2011; Sharriff & Tracey, 2011).

Además del interés por la universalidad y origen innato de las EFEs, numerosos investigadores han tratado de analizar sus correlatos neurales. En este sentido, si las emociones son universales e innatas cabría esperar que determinadas áreas y circuitos cerebrales hubiesen evolucionado para expresar o interpretar emociones. El desarrollo de nuevas técnicas de neuroimagen funcional y la investigación neuropsicológica con sujetos afectados por distintas patologías cerebrales ha permitido avanzar notablemente en dicho conocimiento. En líneas generales, los resultados parecen apoyar esta suposición.

A nivel neuroanatómico, parece que el reconocimiento de EFEs se sustenta en una amplia red neuronal que incluye estructuras, no solo corticales sino también subcorticales (Said, Haxby & Todorov, 2011). Incluso, se ha atribuido a determinadas conexiones entre algunas de las áreas y núcleos citados un papel específico en el reconocimiento de EFEs particulares. Por ejemplo, se ha sugerido la importancia de la amígdala en el reconocimiento del miedo, o el papel de los ganglios basales en el reconocimiento del asco (para una revisión ver Feinstein, Adophs, Damasio & Tranel, 2011; Sprengelmeyer, 2007). En cuanto a los estudios neuropsicológicos con sujetos con daño cerebral, los datos obtenidos parecen confirmar los resultados anteriores. En este sentido, parece que los pacientes con lesiones o atrofia en la amígdala o los ganglios basales presentan alteraciones en el reconocimiento del miedo y el asco respectivamente (para una revisión ver Feldman, 2012).

Todos estos datos, además de incrementar nuestros conocimientos sobre las bases neuronales de las emociones, nos permiten predecir las consecuencias funcionales del deterioro cerebral de pacientes con distintas enfermedades neurológicas. Esto puede servirnos de guía durante los procesos de rehabilitación prestando especial atención al manejo de las capacidades de reconocimiento de EFEs dentro de los programas que se aplican. Si tenemos en cuenta, tal como decíamos al inicio, que las EFEs son uno de los elementos básicos en la regulación del comportamiento y la interacción social en nuestra especie, este objetivo resulta especialmente relevante.

Referencias

Ekman, P., & Oster, H. (1979). Facial expressions of emotion. Annual Reviews in Psychology, 30, 527-554.
Darwin, C. (1872). The expression of emotion in man and animals. London: John Murray.
Ekman, P. (1982). Emotion in the human face (2ª ed.). Cambridge UK: Cambridge University Press.
Johnson, M,H, (2011). Face perception: a Developmental Perspective. In: A.J. Calder, G. Rhodes, M.H. Johnson, & J.V. Haxby (Eds). The Oxford Handbook of face perception (pp. 3-14). New York, NY: Oxford University Press
Shariff, A.F. & Tracy, J.L. (2011). What are emotion expressions for? Current Directions in Psychological Science, 20, 395-399. doi: 10.1177/0963721411424739.
Said, C.P., Haxby, J.V., & Todorov, A. (2011). Brain systems for assessing the affective value of faces. Philosophical Transactions of The Royal Society B, 366, 1660-1670. doi: 10.1098/rstb.2010.0351.
Feldman, L. (2012). Emotions are real. Emotion, 12(3), 413-429. doi:10.1037/a0027555.
Feinstein, J.S., Adolphs, R., Damasio, A., & Tranel, D. (2011). The human amygdala and the induction and experience of fear. Current Biology, 21, 34-38. doi: 10.1016/j.cub.2010.11.054.
Sprengelmeyer, R. (2007). The neurology of disgust. Brain: A Journal of Neurology, 130, 1715-1717. doi:10.1093/brain/awm127.

Laura Alonso Recio

Doctora en Psicología. Profesora de Psicología en la UDIMA, Universidad a Distancia de Madrid.

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