Una mujer joven, con un entorno estable excepto por el hecho de que su padre con demencia senil hace un año que desapareció sin dejar rastro, acuesta la siesta a sus dos niños pequeños y con apenas lo puesto se dirige a las vías del tren y a su paso se arroja… Al tiempo que inicio esta colaboración compartiendo este caso real de suicidio que conocí por mi trabajo como médico forense, un terremoto en Méjico y otras catástrofes naturales ponen a prueba la capacidad y deseo de supervivencia frente a la probabilidad de perder la vida. ¡Qué dispares reacciones del mismo ser humano!
Y qué diversas reacciones ante el hecho del suicidio: es el suicida un tipo cobarde que no se atreve a afrontar las dificultades o adversidades o es un valiente capaz de enfrentarse al final de su vida de modo voluntario incluso con dolor o agonía. Es el suicidio una afrenta al honor, es un pecado por atentar contra la vida que es sólo disponible por Dios. Es el suicidio un derecho de cualquiera que considere terminada y sin objeto su propia vida o es un delito contra la norma penal, que debe sancionarse y condenarse. Y seguro que se pueden plantear más disyuntivas cada una de ellas cargadas de polémica jurídica, ética y social.
Pero al margen de lo anterior, el suicidio es, por definición, el gesto o acto intencional de una persona para conseguir su propia muerte. Se conoce y se describe desde que se escribe la historia del ser humano y los mecanismos para llevarlo a cabo son extremadamente variados muchas veces dependiendo de factores geográficos, sociales, culturales o simplemente de disponibilidad: tóxicos (desde los más domésticos como caústicos, lejías, insecticidas, fármacos, etc a verdaderos venenos “profesionales” como cianuro o arsénico), armas de fuego reales o improvisadas, armas blancas (auto degüello, corte de venas de las muñecas, harakiri…), asfixia (ahorcadura, sumersión…), precipitación, atropello y en definitiva, todo aquello que uno pueda imaginar.
Hay casos en los que se dan suicidios simulados o pretendidos muchas veces delatando gestos histriónicos o dramáticos más tendentes de llamar la atención y muchas veces también con trastornos psiquiátricos de base… Y también conocemos el llamado suicidio asistido (en el que el suicida recurre a otra persona para consumar su gesto autolítico) y el llamado suicidio compartido en el que el suicida antes de su propia muerte “ejecuta” a sus seres queridos “evitándoles” así y por el cariño que les tiene, los dolores de una vida “sin sentido” para él; muy notorio fue el caso de Magda Goebbels que en el búnker que contemplaba el final de la Segunda Guerra Mundial dio una cápsula con veneno a sus hijos para suicidarse después…
Conocemos la estadística que sitúa la preponderancia del suicidio entre varones y entre gente joven. Y conocemos las causas o factores de riesgo entre los que están (probablemente por orden) las enfermedades mentales (sobre todo la depresión severa, la psicosis bipolar o la esquizofrenia), los trastornos de alimentación (anorexias, bulimias…) con o sin consumo de tóxicos, la adicción a cocaína y excitantes, ludopatía, enfermedades crónicas (cáncer, enfermedades degenerativas, demencia orgánica, dolor crónico…), la descompensación de las enfermedades anteriores, fracaso en relaciones interpersonales, ruina social o económica, abandono, aislamiento, estrés, ansiedad, acoso escolar, prejuicios sociales o abuso sexual. Son factores de riesgo conocidos y compartidos por casi todas las sociedades occidentales.
Pero conocer esos riesgos no es suficiente. Deberíamos intentar la prevención de los mismos, si bien esto se plantea altamente complicado: por un lado, la detección precoz de rasgos clínicos desde el área sanitaria es difícil, porque no todos los diagnósticos mencionados como riesgos cien por cien concluyen en suicidio. Por otro lado, muchos suicidas en potencia no delatan sus intenciones de un modo claro, o incluso cuando “deciden” el modo y lugar, su aspecto exterior es más relajado, “más enérgicos, mejor”; así lo dicen los allegados: “pero si los últimos días estaba mejor”…Pero sí se debería exigir que se proporcionara un correcto diagnóstico de diversas enfermedades, limitar el acceso a tóxicos, proporcionar un adecuado apoyo clínico y social de los enfermos mentales y ser consciente de que la mayoría de los suicidas repiten el intento de suicidio fracasado el intento anterior.
Estar alerta y evitar al suicida los medios que le ayuden al mismo, tampoco es suficiente. Debemos ayudarles desde el conocimiento: conocer es comprender y comprender permite afrontar más objetivamente el problema. Ahí los medios de comunicación tienen gran importancia; pero con cuidado. No se debería perseguir morbosamente el hecho dramático del suicidio siendo no sólo “decentes” en el relato de los hechos sino cautelosos ante la realidad de que el “suicida en potencia” puede verse “animado” a cometer el suicidio a la vista del conseguido por otra persona. La cosa está en intentar el equilibrio entre ocultar la realidad (se dice que lo que no se publica no existe) o de ser responsables del conocido como efecto Werther (por el libro “Las penas del joven Werther” de Goethe en el que el suicidio de uno anima el suicidio de otros). Muy peligroso es que cuando un personaje famoso se suicida, pueda parecer que tal muerte resulta “atractiva, original” y por tanto imitable. Por otro lado, las fantásticas redes de comunicación sociales al que acceden todo tipo de persona sin límites de edad, maravillosas herramientas, pueden manipular la voluntad de grupos vulnerables (recordamos la reciente “ballena azul” que invitaba a modo de juego a suicidarse sobre todo gente muy joven…).
En definitiva: no es fácil. Pero debemos publicar dando un mensaje de esperanza, sin bendecir el suicidio como muerte ejemplar, estar muy pendientes (padres, maestros, médicos, policía, trabajadores sociales…) de contenidos y de otros signos de riesgo
Y en definitiva, si en nuestro entorno se dan casos de prójimos nuestros que no encuentran motivo para vivir, se trata de que estemos atentos como profesionales diversos y sobre todo, empáticos como seres humanos.

Julia María Fernández

Doctora en Medicina y Cirugía, Especialista en Medicina Legal. Profesora en UDIMA, Universidad a Distancia de Madrid.

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