“BULLING INFANTIL Y ADOLESCENTE. ALGUNAS PREGUNTAS”.
Dra. Julia M. Fernández Martín
Palabras clave: bulling, bulliyng, psicología, violencia, psiquiatría

En estos días que entre otras cosas, el “premio al estudio” hace protagonistas a niños y adolescentes con un periodo de vacaciones navideñas y regalos, cuando parece que el objetivo es mantener la ilusión en los más pequeños, surgen como contraste las noticias sobre menores que sufren pobreza, violencia, merma de sus derechos y estabilidad y acoso en su entorno escolar.

Alguno de tales menores acosados o afectados por el bulling, ha protagonizado videos en you tube o en otras redes de comunicación, haciéndose “virales” y de algún modo “helándonos la sangre” y retomando la reflexión inicial: tendremos que hacernos preguntas sobre el origen del problema y deberemos apuntar soluciones concretas. Como médico forense tengo una visión muy directa y profesional del acoso escolar, debiendo estudiar a la víctima sobre todo (sus lesiones, secuelas, afectación emocional…) y también al/los acosadores, también menores, para intentar comprender y abarcar alguna problemática psico psiquiátrica o incluso para apuntar su destino judicial.

Ya hemos incorporado a nuestro vocabulario el término que define y resume ese acoso: bulling. Ahora observémosle por distintos flancos: en primer lugar, preguntémonos qué forma adopta el bulling. Hay diversos tipos de bulling:
• El verbal, con expresiones crueles, bromas, amenazas, frases excluyentes, como insistir en llamar “gordo”, “gafotas” … o el típico “te vas a enterar”
• El físico: patadas, empujones, golpes de todo tipo e incluso con objetos o incluso la vejación física como bajar los pantalones a la víctima. Quizá este tipo sea más fácil de detectar porque puede llegar a marcar a la víctima con moratones y otras heridas.
• El social, dado a espaldas de la víctima que es ninguneada, ignorada, aislada de los grupos de relación del colegio o incluso de actividades fuera del Centro como invitaciones a cumpleaños o salidas de fin de semana.
• El sexual, tanto con gestos y actitudes obscenas como con verdaderos tocamientos y acceso carnal. Este puede ser uno de los acosos de más difícil detección dado que el menor sufre por un lado la vergüenza y por otro lado la amenaza de daños peores si la víctima “se lo cuenta” a alguien.
• El cibernético, uno de los más habituales y fáciles de emplear por los acosadores dada la proliferación de redes sociales y la importancia que para los menores tiene su presencia en las redes sociales. Hay que tener en cuenta que, en las edades adolescentes, la opinión del grupo es fundamental.

Preguntemos ahora quién es el acosador: generalmente no un individuo brillante en su desarrollo escolar ni incluso en su integración social si bien puede tener preponderancia sobre un grupo al que dirige y manipula para cometer los abusos y acosos. Suele tener como sustrato una baja autoestima, ausencia de control familiar, falta de educación en adecuados modelos o valores y en algunos casos conviviendo con modelos agresivos en su entorno inmediato.

Y quién es la víctima del abuso, del acoso: en su mayoría un menor de entre 11 y 15 años, cada vez más jóvenes y con tipos de acoso cada vez más complejos. Las estadísticas indican que podrían estarse dando casi 100 casos diarios si bien no todos son detectados. Al margen de las condiciones particulares de cada menor (patología psíquica, alteraciones físicas, extranjería, etc) son niños y niñas que progresivamente van quedando aislados, asustados, deprimidos, con frecuentes somatizaciones (alteraciones de sueño, de apetito, etc), estrés, ansiedad y problemas de socialización, comunicación y calidad de vida que en ocasiones pueden extenderse a largo plazo a la etapa adulta de la víctima.

Y finalmente, la pregunta más importante: qué podemos hacer contra este severo problema de nuestros miembros jóvenes de la sociedad. Pues, de modo breve, apuntaría a las siguientes pautas: sensibilizar a los docentes y los padres (no “son cosas de niños” y debe estarse alerta para atajar precozmente las actitudes acosadoras),, involucrar a la clase con actividades de grupo y concienciación de cuales son tales gestos violentos, educar a los menores en el equilibrio emocional y en valores como tolerancia y respeto, insistir en la comunicación familiar; una vez ocurrido al acoso, se debe atender con prontitud y eficacia a la víctima así como solicitar la intervención judicial para poner freno al acoso, dar el correspondiente castigo y con ello probablemente, poder rectificar la conducta agresiva antes de que sea una constante en su vida adulta.

Julia María Fernández

Doctora en Medicina y Cirugía, Especialista en Medicina Legal. Profesora en UDIMA, Universidad a Distancia de Madrid.

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